Ya eran seis días. Estaba por batir su récord sin tragar un bocado, hasta llegar al punto de vomitar cada comida que su criada le traía.
Había pasado casi un mes desde que empezó esa infección estomacal, pero a medida que el estómago crujía, las fechas se volvían números abstractos para medir algo que, mientras estuviera dentro de esas cuatro paredes, no le incumbía en absoluto.
Mucho antes de que todo empezara ya se había acostumbrado a trabajar desde la cama, pero pronto comprendió que estómago es a mente como comida es a pensamientos. Sus brazos esqueléticos ya ni levantaban la pluma para hacer las cuentas, ni su sello para marcar la correspondencia hacia la metrópoli. Sintió que era cada vez menos cuerpo y más aire.
—¡Juana, haz más liviano el caldo! —le gritaba él.
—Sí, patrón —respondía ella.
“En el fondo igual le tengo cariño”, era el débil eco que resonaba en su cráneo. “Es tan esforzada como su difunto padre. Una verdadera tragedia”. Sus pasos livianos y apagados cuando entraba y salía del cuarto le recordaban a la última vez que lo vio.
Lagunas negras consumieron su día. El tiempo se volvió acuoso, y la superficie de la realidad empezó a confundirse con la profundidad del sueño. Se sintió nadando en el caldo de Juana. Lo vomitaba. La regañaba. Volvía a sumergirse en la oscuridad. Un cosquilleo en sus piernas. Un grito. Y de repente ahí estaba; el cuerpo de Pedro colgado en las tablas del techo. “Una verdadera tragedia”.

